Oda al desazón

“El sin-sabor es complicado, porque cuando algo sabe mal lo escupes, cuando algo sabe bien lo tragas, pero cuando no sabe… no sabes que hacer”.

La primera vez que tuve inquietud por la cocina fue por ahí de los 24 años. Simplemente nunca me había sentido curiosa por aprender a cocinar y las muchachas de nuestra infancia nos hacían la vida muy fácil con sus sopas de arbolitos (brócoli), filetes, salchichas con kétchup que me preparaba María mientras veíamos las luchas; y si me portaba bien mi postre favorito: yema de huevo crudo con Azúcar.

Después, al salirme de mi casa para vivir con el padre de mi hijo, corrí con la suerte de despertar entre el delicioso olor a chilaquiles, café recién hecho y otros días platillos más elaborados. Si la nuestra hubiera sido relación  a conveniencia me hubiera quedado por los chilaquiles, él, quien sabe por qué.

 

Cuando me separé probé las mieles de la nada, y digo nada por que no tenía comida en el refri ni talento para freír un huevo. Así que durante los siguientes años iba religiosamente al Superama a comprar 12 piezas de rollos california, ahora los favoritos de mi hijo.

 

Pero el hechizo de la ignorante se rompió cuando una amiga al invitarme a su cocina a platicar, me pidió cerrara los ojos y me puso a olfatear hiervas como la albahaca, el romero y la menta. Nunca había percibido un olor con tanta claridad…  las notas se acentuaron porque al poner las hiervas bajo el chorro de agua, las tallaba cual cabello y expedían sus más deliciosas fragancias. Se podría decir que si existieran los orgasmos de olfato, ese fue mi primero! El del gusto fue en el Pujol pero esa es otra historia! Después de  aquel momento fui al súper con la determinación de comprar comida para cocinar. Y lo hice sin receta, por instinto.

Incurrí en faltas culinarias gravísimas como meter la pasta a la olla antes de que hirviera el agua y para comprobar que estuviera lista aventaba la pasta a la pared; si se pegaba a la pared quería decir que estaba “al dente”, si no se pegaba, quería decir que se quedaría detrás de la estufa entre el piso y la pared por los años que renovara el contrato de arrendamiento. Para la salsa echaba todo junto a la licuadora: la cebolla, la albahaca, la pimienta, el ajo y los jitomates  ¡y listo! Sofreír qué? Qué es eso? Eso es queso. Ta di da

 

Preparé el ambiente con velas, música y vestí mi mesa elegantemente. Cuando digo elegante me refiero a poner servilletas; el cuchillo junto con la cuchara a la derecha y el tenedor a la izquierda. No había sopa pero que mas daba. Quizás engañaría a mi apetito y me saciaría más rápido.

El plato humeaba frente al mí, abrí mi boca al primer bocado y … ¡guácala! ¡no sabe a nada!

El sin-sabor es complicado, porque cuando algo sabe mal lo escupes, cuando algo sabe bien lo tragas, pero cuando no sabe… no sabes que hacer. Es la suspensión que te deja la incertidumbre. Que le falto? Siempre nos preguntamos. Sal? Pimienta? Cebolla? Y aquí está la cuestión. Quién dice que el desazón es porque le falta y no porque le sobra. Menos jitomate y la misma cantidad de pimienta y sal. Menos agua y la misma cantidad de verduras. Menos citas intrascendentes por una memorable. Aunque se vaya, aunque se quede. Menos “te quieros” a quien no nos provocan decirlos, y lo hacemos porque qué más da. Menos proyectos que no motivan y la misma cantidad de pasión al que sí lo hace. Menos, menos, menos para quitar el sin-sabor.

@TdeTila

 

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