¡Divina juventud!

¡Divina juventud! Cuando el único alimento que el cuerpo necesita es vivir, experimentar, nutrirse de gente nueva, historias memorables; sin la culpa que le sigue a momentos de irresponsabilidad, sin preocuparse si las cosas van a ser trascendentales, porque todo encierra ese potencial. Todo está justificado, al menos en nuestra cabeza.

 

Eran épocas de la Narvarte. En un departamento que se erguía imponente en la calle de Monte Albán, esperando algún día recuperar su magnificencia. Con mármol al estilo Mauricio Garcés en sus pasillos. Un edificio donde pululaban los viejos. Con sus arboles Ficus podados con formas de patos y canastas en las jardineras de las banquetas.

 

La señora del dos,  sacaba todas las mañanas antes de ir al tianguis a su perro; el de la raza que tiene orejas del tamaño de unas chuletas…

El monedero lo escondía en su brassiere, conocía en qué súper estaba más barato el jabón para trastes.  Era de las que sabía a la perfección si hubo inflación porque su mesada ya no le alcanzaba para ese kilo más de aguacate. Escuchaba la estación de radio -El Fonógrafo- mientras preparaba el desayuno. Tendía su ropa en su patio porque la secadora era un paso revolucionario a la modernidad y ella era rebelde, a su propio estilo. Mujer de hábitos precisos como reloj suizo.

 

Doña Esther,  vivía frente a mi. Una viejecita que había perdido la vista pero que su determinación y terquedad por encontrar maneras de salirse de su departamento cuando sus hijos trabajaban era su aventura del día. Ellos en hastió por la rebeldía de su madre le cerraban la puerta con llave y se las escondían para que no saliera en lo que ellos regresaban a cuidarla.

 

Cuando llevaba a mi hijo a la escuela ahí estaba ella, victoriosa por haber encontrado una vez más el escondite de las llaves; con una silla frente a su puerta tratando de sentir con sus dedos arrugados la combinación de la llave y se esforzaba por meterla en la cerradura, fallando una y otra vez. La temblorina de sus manos no le ayudaba. Supongo que estaba perfeccionando sus técnicas de escape.

Una vez la llevé a caminar unas cuadras. Se salía en pijama a caminar; su vanidad se envejeció y se torno pálida como sus cabellos que alguna vez los cepille al terminar nuestra caminata y devolverla a su departamento. Se quiere morir ya? le pregunté. Si, por favor. Contestó. Como si Dios hubiera sido el que la interrogó. Al poco tiempo, al salir a dejar a mi hijo ella me escuchó  y tocaba su puerta de adentro desde su departamento hacia fuera, al pasillo. Como si ella tocara la puerta para entrar a la vida.

 

Mija, no encuentro mi llaves. (Me mentía descaradamente y yo fingía no saber que sus hijos se las habían escondido de nuevo) Podrías ir a buscar a mi hija que vive en un edificio rojo aquí a unas cuadras?

Qué calle Doña Esther?

No sé. Pero el edificio es rojo.

Deje ir esa conversación y desobedecí su petición sin saber que esa sería nuestra última conversación. Al regresar a mi casa, después de dejar a mi hijo en la escuela me metí de puntitas a mi departamento para que no me escuchara Doña Esther con la firme convicción de dormir una hora más antes de comenzar mi día.

Ese día aquella viejecita quiso mostrar a sí misma o quizás fue su forma de firmar la carta  libertad para hacer un punto a sus hijos. La cosa es que sacó  sus hazañas de Tom Cruise en Misión Imposible. Aventó colchas y cojines al patio del piso de abajo y decidió escaparse de su departamento con un brinco;  siendo ese el último brinco de la realidad tangible a descubrir el enigma de si hay una luz al terminar la vida, si hay un espíritu que trasciende. Esa ancianita tiene un lugar especial en mi corazón. El remordimiento me duró unas semanas hasta que me acorde del “si, por favor” y entonces me auto induje a la creencia de que era lo que ella quería. Técnicas de subsistencia mental.

 

El único destello de juventud que había en el edificio procedía de algún departamento por encima del mío. En el que diez de las ventanas del edificio colindaban a un cubo y su música de hombre contemporáneo se perdía y bailaba dentro de esas paredes.  Un sábado por la noche me dejé seducir cuando puso su música pasando por Keith Jarrett, Nina Simone, Leonard Cohen, Franz Listz, Led Zeppelin, Edith Piaf… Ahhhh, mis oídos estaban en éxtasis, me enamoré sin conocerlo. Quise asumir que era hombre, tenía que serlo! Me urgía  darle rienda suelta a mis fantasías!

 

Lo confirmé al poco tiempo cuando escuché sus gemidos al hacerle el amor a una chica. Y es que un amante (hombre) que va al departamento de la mujer no gime con tanta libertad… eso lo haría un descarado que no cuida de la reputación de su amante! Ella acompañaba gustosa en el volumen de sus gemidos a su amante, quizás para hacerlo sentir vigorizado o quizás porque verdaderamente sí la hacia vibrar en tonalidades tan… agudas. Y así, una vez por semana se repetía el ritual; el cántico del placer. Algunas veces lo escuchaba mientras mi hijo y yo merendábamos pan con leche, sonido de nalgadas y un sorbo de leche y un bocado de pan; mientras me bañaba, cuando doblaba la ropa. Siempre, por la noche. Signo de falta de compromiso… estaba libre! Yo me lamía los bigotes, saboreando el día en que lo conocería.

 

En cuanto a lo que yo, como publico oyente, podía calificar sobre sus cualidades de amante simplemente diría que el esmero por la música que ponía y el tiempo que le dedicaba a su “presa” en el foreplay y en lo que precede al mismo jamás desalentó mi convicción por conocerlo. ¡Au contraire!

 

Ya empezaba a pesarme la soltería; las noches de diversión sin trascendencia ya eran simplemente nada más que una buena historia, un buen  momento. El no sentirme perteneciente, un alma que no había conquistado nada excepto el arte de levantarme a experimentar un nuevo día.

Quizás en ese sentimentalismo, cuando escuche la música del vecino desconocido, me hizo pensar que él podría ser el hombre para mí, el amor de mi vida. Viviendo en el mismo lugar, a unas puertas de distancia. Más cerca que nunca y tan lejos y extraños el uno para el otro.

Estaba ávida por una historia de amor extraordinaria!

 

Y pensaba que la música es un buen parámetro para saber si iba a haber química en la forma de ver la vida. Así como el baile sirve para evitar errores garrafales al llevarte a la intimidad de tus aposentos a un mal bailarín. El presagio de una noche mal gastada.

Como otro de mis experimentos  en el súper. Si me encontraba a un hombre que en su carrito llevara verduras, frutas y productos de limpieza sabía que ese hombre podría ser un buen prospecto y sutilmente les sonreía abriéndoles la puerta a que se acercaran. La cosa es que ninguno lo hizo… y así se hundió mi experimento al poco tiempo.  Mi conclusión: estaban casados. Así se mantiene mi orgullo a raya. No hay porque ofenderlo. Tenemos una relación de pleno respeto.

 

Al poco tiempo el vecino y yo nos dábamos serenata el uno al otro. Abríamos la ventana y dejábamos que la inspiración entrara con su brisa a nuestros corazones. Cuando él le daba play a -Stairway To Heaven-, yo saboreaba las notas de la guitarra y una vez terminada revisaba mi playlist. Quizás escogí  Joe Cocker -With a Little Help From My Friends-. Para mí no era solamente poner música que me gustara, cada una de mis decisiones tenían un recuerdo, una vivencia intensa detrás de cada nota. Sin decir una palabra, lo dejé conocerme…le presentaba los momentos mas íntimos de mi vida. Joe Cocker era Barcelona, era NY,  era mi inspiración; mi músico que nació en la ciudad de las cuatro estaciones en un día.

Él apagaba  su música y me cedía la batuta.

A veces, cuando él ponía algo que me gustaba mucho, yo lo premiaba con música más… provocadora. Tal vez Beth Hart – Caught out in the rain-

 

 

Unos meses después me visitó una amiga, Nilly. Digamos que ella y yo éramos el complemento perfecto. Éramos el Jorge Negrete y Pedro Infante del cine de oro. Lo único que queríamos era enriquecernos. Hacer gordo y pesado el libro de vida. Éramos acumuladoras de historias. Para eso vivíamos.

 

Mientras tomábamos una cerveza el vecino encendió su música. Abrí la ventana y le exclamé a Nilly ¡Te presento a mi futuro marido! Aún no lo conozco físicamente, pero ya conozco su alma, sus tiempos y hábitos. Con picardía le exclame: ¡Ya lo acepté como es! Incluso cuando pone a Jeff Buckley y no ha puesto a su padre Tim.

Ella se rió.

Me pidió que le diera una taza vacía. Ella estaba loca, así que ni me preocupé en cuestionar para qué. Abrió la puerta de mi departamento y se fue. Ahí si me extrañé… tomé mis llaves y la alcancé.

Ya te vas?

Cuál es su departamento? Me contestó.

No pues no tengo idea, pero podemos poner el oído en cada puerta.  Le contesté con complicidad demoniaca.

Y así recorrimos todos los pisos hasta llegar al último. El numero 25 vibraba al ritmo de Summertime de Sil Austin. Nos acercamos con toda la seguridad a su puerta y la toqué decidida. ¡Unos tacones se acercaban a abrirnos…! ¡¡¡Una mujer!!! ¡¡¡Carajo!!!

 

En ese instante perdí la seguridad, mis piernas comenzaron a temblar…

Corrimos  como “pedo ruso” (dicho de una amiga) hacia las escaleras y en ese preciso y maldito momento se fue la luz. Regresé corriendo a la puerta  25 justo a tiempo y pálida. Nilly me aventó la taza. Abrió la puerta la “soprano coloratura” de sábanas.

 

Debí de haber supuesto que estaba con otra mujer…¡ tenía puesto a maldito Sin Austin! ¡Esa era su fuck music! Pero la emoción del momento me apendejó. Yo seguía ahí, observando a esta hermosa mulata con cabellera alborotada y una elegancia que se hacia notar al pie de la puerta.

 

Hola, buenas noches (sonrisa petrificada) ¿Me regala una tacita de azúcar?

Mi tonalidad delataba lo estúpida que me sentía en ese momento. Nilly se regocijaba a mi lado como espectadora de una obra de teatro destinada al fracaso, a la humillación. La obra que al terminar deja al publico con silencio en sus palmas y después de 10 segundos aplauden por obligación o diplomacia.

 

En sus adentros la mulata se reía de mi. No, no había en su mirada ni un gramo de celos. Había puramente una genuina burla hacia mí.

 

Miró mi taza y me torturo con un silencio largo… hasta que una sombra apareció detrás de ella. ¡El susodicho! Frente a mi, por primera vez.. Mi mandíbula estaba recargada en el piso de mármol, mis mejillas rojas, muy rojas. Esa sería su primera impresión de mí. Miedo y vergüenza en mi mirada y una cara del color de la nariz de un payaso con un mal chiste incluido.

 

¿En qué te puedo ayudar? Me dijo con soltura

Yo sostenía en mis manos el cliché, mientras observaba su pelona. Ta ta  ta ta ta tartamudee

¿Tienes azúcar que me regales?

¡Híjole! ¡No lo sé!

 

¡¿Por qué azúcar @Tdetila, por qué?! Eso delataba mi infantil romanticismo que olía a palomitas y pañuelos húmedos.

¡Harina! ¡Bicarbonato! ¡Detergente burbuja! Cualquier otra  producto de nuestro mundo consumista…

 

Genial, ahora tengo que prolongar mi vergüenza en lo que espero que busque azúcar al pie de su puerta. Todo el centro de atención esta dirigido a mí, así que decidí enfrentar la situación, tomar el toro por los cuernos y…  poner mi cerebro en modo automático y esquivar miradas.

Esa taza de azúcar se quedo esperando en mi alacena por muchos meses a que la usara. Esa taza era para mi como un wiskey o un cigarro, sería al tiempo, un gusto adquirido. Primero tenía que aceptarla, verle lo bueno para que mi sistema pudiera digerirla.

 

Después de aquel momento cuando nos encontrábamos por los pasillos o en la calle lo saludaba respetuosamente con un cabeceo de reconocimiento y él lo devolvía. Después, cuando el cabeceo se volvió aburrido y repetitivo nos hicimos grandes amigos. Y reemplace gustosa aquellos sueños de fantasía por la realidad: Alguien con un excelente gusto musical!

 

¡En el nombre del amor he cometido muchas, pero muchas faltas de juicio! Como pensar que cosas tan banales son las que podrían hacer funcionar una relación. Y es que entre el zapato y el pantalón esta el detalle de distinción.

T de Tila

 

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4 thoughts on “¡Divina juventud!

  1. Capullo, los únicos que no se dan cuenta que la juventud es un divino tesoro son, justamente, los jóvenes.

    Y con el tiempo si se dan cuenta, pero ya es demasiado tarde.

    Solo el cartero llama dos veces, la vida no.

    Rubén
    ¨rubenardosain.wordpress.com¨

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    1. A mi el cartero no me llama ni una vez; simplemente avienta la carta por debajo de la puerta. Y cuando digo carta, nada de romanticismos… usualmente es de algún banco!

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